El final del verano significa volver a nuestras rutinas: trabajo, colegio, actividades,… Y, con ello, vienen los cambios en nuestro calzado y en la actividad que le damos a nuestros pies. Después de 2-3 meses usando chanclas, sandalias o incluso caminando descalzos, volver a zapatos cerrados puede generar molestias, lesiones y reactivación de problemas previos.
Desde el Ilustre Colegio Profesional de Podólogos de Andalucía recordamos que esta transición debe hacerse con atención, para prevenir lesiones y mantener una óptima salud podal. La transición al calzado cerrado debe hacerse de manera paulatina y lo más cuidadosamente posible.
Durante los meses de calor, los pies suelen estar más expuestos y el calzado que se usa es menos estructurado. Esto puede producir:
- Disminución de soporte
- Las chanclas y sandalias, especialmente si son planas y sin sujeción, no ofrecen apoyo adecuado al arco plantar, lo que puede debilitar la musculatura intrínseca del pie y favorecer una marcha más laxa.
- Mayor exposición a fricción y sequedad
- El contacto constante con el aire, arena o superficies duras puede provocar hiperqueratosis (durezas), grietas o sequedad extrema.
- Alteración de la biomecánica
- Caminar descalzo o con calzado mínimo cambia el patrón de pisada, afectando a articulaciones y musculatura cuando se retoma el calzado cerrado.
- Edema por el calor
- Las altas temperaturas pueden provocar hinchazón en los pies, llegando incluso a aumentar hasta una talla el número habitual. Esto hace que, al volver al zapato cerrado, sea recomendable escoger tallas intermedias para evitar presión excesiva, rozaduras o dolor.
Los problemas más comunes que nos encontramos al volver al zapato cerrado son los siguientes:
- Dolor en el talón o arco plantar (fascitis plantar).
- Rozaduras y ampollas por el roce con el calzado.
- Uñas encarnadas, especialmente si las uñas no se han cortado correctamente.
- Molestias articulares en tobillos y rodillas por cambios bruscos en la mecánica de la marcha.
De esta forma, realizar la transición al calzado cerrado debe intentar hacerse de la manera más saludable y cómoda posible para nuestros pies. Algunos consejos son:
- Alternar calzado
- No pasar directamente de chanclas a zapatos rígidos. Durante unos días, es recomendable alternar calzado más flexible con otro más estructurado.
- Hidratación diaria
- Aplicar crema específica para pies para evitar grietas y mejorar la elasticidad de la piel.
- Revisión de uñas
- Cortarlas de forma recta y evitar picos laterales para prevenir uñas encarnadas.
- Fortalecimiento y estiramientos
- Ejercicios sencillos como coger objetos con los dedos del pie o estirar la fascia plantar ayudan a readaptar la musculatura.
- Acudir al podólogo
- Una revisión podológica permite detectar alteraciones biomecánicas, tratar durezas y lesiones, y preparar al pie para afrontar la nueva etapa sin dolor.
Recordamos que cualquier dolor persistente o cambio en la estructura del pie requiere evaluación por un podólogo colegiado.
La vuelta a la rutina no debe suponer un problema para tus pies si realizas una transición adecuada y te apoyas en el consejo de un podólogo profesional. Cuidar la salud podal es clave para mantener una buena calidad de vida y evitar lesiones que puedan limitar tu día a día.